Reseña de «Crónica de una vida en un mundo convulso»

En clase siempre recomiendo llevar una “bitácora del máster”, porque la escritura de un diario ha sido durante siglos una práctica filosófica que sigue siendo profundamente relevante en la actualidad. Este ejercicio no solo fomenta la autoconsciencia, sino que también invita a la perplejidad y al cuestionamiento, profundizando nuestra relación con el tiempo, el entorno y nosotros mismos. Al escribir, nos detenemos para observar el mundo que nos rodea, exploramos nuestras emociones y estructuramos nuestras experiencias, transformándolas en aprendizajes con algo de sentido, siempre precario, perdurable en ocasiones. Tal vez por eso me encanta leer diarios y hoy traigo aquí el de un profesor de Filosofía y Educación.

Ólafur Páll Jónsson nos invita a reflexionar sobre la vida moderna en su Crónica de una vida en un mundo convulso (Granada, Márgenes Editores, 2024). Traducida por Fabio Takesido Benedet y José Miguel Gómez Acosta, esta obra se presenta como un almanaque personal organizado por meses, donde cada capítulo explora temas esenciales como la naturaleza, la sociedad y la conexión humana. El texto alterna anécdotas cotidianas y reflexiones filosóficas para cuestionar nuestras prácticas y valores. Y cada mes está presentado por una breve estampa poética cuyo original en islandés seguramente tendría elementos formales que no ha sido posible mantener en la versión castellana, pero que sin embargo funciona bien como poema en prosa. Las ilustraciones de Ása Ólafsdóttir proporcionan belleza y concreción a los paisajes, animales y paseos descritos por el autor.

Enero

El libro comienza con una descripción de la observación de aves durante el duro invierno islandés. El autor encuentra purificación y renovación en esta actividad, destacando la importancia de ralentizar el ritmo de vida y conectar con la naturaleza, incluso en condiciones adversas. Aunque pueda parecer contradictorio buscar consuelo en un entorno tan hostil, Ólafur (mantengo la costumbre islandesa de mencionar a los autores por su nombre de pila) subraya cómo esta experiencia le proporciona una conexión profunda y una sensación de renovación. Esta perspectiva nos recuerda que no siempre necesitamos aventuras grandiosas para encontrar significado; a menudo, las experiencias más significativas están justo frente a nosotros.

“Quizás sea precisamente eso lo que debería intentar hacer en este año que comienza: observar mejor, escuchar mejor y sentir mejor el todo del que formo parte. Si lo consiguiera, tal vez podría ser más consciente de que pertenezco a ese todo. Me vería a mí mismo bajo una luz más adecuada. Puede que ese vaya a ser mi propósito de Año Nuevo: tratar de escuchar la voz de las piedras, como hacía el escritor Þórbergur Þórðarson en el sureste del país; contemplar las olas y sus jugueteos con las rocas; sentir la mirada de las focas; y escuchar el silencioso aleteo de las lechuzas.”

Además, Ólafur reflexiona sobre cómo nos sentimos conectados con las personas que hacen posible nuestra vida cotidiana: los trabajadores que construyen nuestras casas, cultivan nuestros alimentos y crean las cosas que damos por sentadas. Extiende esta conexión incluso a aquellos que nunca conoceremos, reconociendo nuestra interdependencia en el entramado humano.

Abril

En un cambio de tono, Ólafur relata la historia de un curioso emprendedor que quiere alquilar espacios de almacenamiento en Reikiavik. Este capítulo reflexiona sobre cómo nuestras posesiones construyen nuestras identidades y plantea dilemas éticos sobre el consumo y la responsabilidad empresarial. Ólafur analiza la tensión entre lo que elegimos mostrar al mundo y lo que decidimos ocultar, resaltando el impacto psicológico de nuestras pertenencias y la manera en que estas afectan nuestras decisiones.

El emprendedor justifica su negocio como una respuesta a una demanda de mercado, eludiendo cualquier responsabilidad ética por el uso de los espacios. Esto lleva a Ólafur a cuestionar si los negocios deben considerar las implicaciones éticas de sus servicios, incluso cuando podría afectar sus ganancias.

Mayo

Liderando una excursión estudiantil, Ólafur explora el acto de caminar como una experiencia filosófica. Inspirado por Frédéric Gros y Aldo Leopold, aboga por una relación más respetuosa y contemplativa con la naturaleza. Ólafur conecta esta idea con la crítica de la caza como trofeo, promoviendo un cambio de mentalidad desde la explotación hacia la apreciación y el entendimiento.

En el prólogo de Una ética para la Tierra, Leopold expone lo siguiente:

“Cuando pensemos en la tierra como una comunidad a la que pertenecemos, podremos empezar a usarla con amor y respeto. La tierra no tiene otro modo de sobrevivir al impacto del hombre mecanizado, y nosotros no tenemos otro de recoger la cosecha estética que ella puede darnos, y su contribución a la cultura, con la ayuda de la ciencia. Que la tierra es una comunidad, ese es el concepto básico de la ecología; pero que debemos amar la tierra y respetarla, eso es una ampliación de la ética.”

Ólafur subraya cómo caminar no se trata solo de llegar a un destino, sino de disfrutar del viaje. Esta reflexión es especialmente relevante en un mundo obsesionado con resultados y metas, recordándonos la importancia de desacelerar y sumergirnos en el presente.

Junio

En este capítulo Ólafur denuncia la cultura del desperdicio y la explotación ambiental. Hace referencia al activismo de Greta Thunberg, subrayando la urgencia de actuar contra el cambio climático y la desigualdad global. Utiliza la analogía de un pescador que descarta peces no deseados para ilustrar el problema de la sobreexplotación y el desperdicio, provocando reflexiones sobre nuestras elecciones cotidianas y sus efectos globales. También critica cómo nuestras acciones cotidianas, aparentemente inofensivas, contribuyen a sistemas de explotación, haciendo una llamada a vivir con mayor responsabilidad y conciencia ética.

Septiembre

En el libro hay conversaciones muy entretenidas con islandeses peculiares. Habiendo conocido a unos cuantos, creo que Islandia produce personas de gran originalidad, con puntos de vista y opiniones a menudo rotundas, pero en el libro de Ólafur ninguna es tan impresionante como la que protagoniza la entrada de septiembre, cuando una conversación en autobús con una mujer le lleva a cuestionar nuestra percepción de los «eventos metereológicos extremos». La mujer argumenta que estos extremos no son inherentes a la naturaleza, sino el resultado de nuestras acciones. Utilizando ejemplos como la compra de manzanas importadas de Argentina y la fascinación islandesa por las excavadoras, Ólafur  destaca la necesidad de reconsiderar nuestros hábitos de consumo y su impacto ambiental.

La mujer también señala que Islandia, a pesar de ser líder en energía renovable, sigue dependiendo de los combustibles fósiles, exponiendo la hipocresía en nuestras prácticas ambientales:

“Los extremos que hay en nuestras vidas nacen del hecho de no estar conectados. A veces no estamos conectados con la naturaleza. Las excavadoras acabarán convirtiéndose en los faros de nuestras vidas y seguiremos adelante mientras hacemos añicos la lava bajo nuestros pies. No importa que haya crecido sobre ella un musgo esponjoso, que es un milagro de la naturaleza. A veces no estamos conectados los unos con los otros. Entonces solo manda la ley del puño y quien tiene el puño más grande machaca el sustento de otra gente, incluso el de naciones enteras. Palestina lleva medio siglo ocupada militarmente.”

 Octubre

En un capítulo que comienza con recuerdos de Granada, Ólafur analiza la lucha por los derechos humanos a través de figuras como Malala Yousafzai. Introduce (p. 145) los conceptos de deber de omisión (no dañar) y deber de acción (apoyar activamente), ejemplificados en la lucha de su sobrina por los derechos de las personas con discapacidad. Destaca cómo la inclusión social requiere esfuerzos tanto individuales como colectivos para eliminar barreras y promover la igualdad.

Este capítulo enfatiza que los derechos humanos no solo se refieren a libertades individuales, sino también a responsabilidades colectivas para crear una sociedad justa. Aquí es patente la influencia en Ólafur de autoras como Martha Nussbaum y su enfoque de las capacidades.

Noviembre

“Cada estación del año es bonita a su manera. La calma del invierno hace gala de una belleza casi celestial que es tanto más límpida cuanto más frío hace. Las noches de primavera, cálidas y luminosas, nos demuestran que lo terrenal no es menos bello que lo celestial. Pero este mundo, a veces infinitamente bello, presenta también caras ásperas —incluso crueles— y, cada vez que me enfrento a ellas, me da la impresión de ser un niño pequeño que no sabe nada de la vida. De chico pensaba que los adultos poseían la sabiduría. Pero, ahora que soy un adulto, no veo esa sabiduría por ninguna parte. Estudié filosofía porque el mundo me parecía un enigma, pero ¿qué puede decir un filósofo sobre el dolor y la pérdida? A veces las palabras sirven de muy poco.”

Con la llegada del invierno, Ólafur reflexiona sobre la fragilidad de la felicidad y la importancia del perdón como herramienta para la liberación personal y la cohesión social. Propone una visión de la vida como un mosaico de experiencias fragmentadas, donde cada pieza contribuye a la totalidad. Reconoce también la existencia de actos imperdonables, pero enfatiza que el perdón puede ser un acto de resistencia y sanación.

Diciembre

El libro concluye con meditaciones sobre Jesucristo y Sócrates, quienes desafiaron las normas sociales y pagaron un alto precio por sus creencias. Ólafur se refiere a ellos como «holgazanes» en un sentido filosófico, resaltando su capacidad de cuestionar las estructuras de poder y promover el cambio. Entrelaza anécdotas personales, filosofía y comentarios sociales, Ólafur nos reta a examinar nuestras elecciones y valores, recordándonos la importancia de la conexión y la reflexión en un mundo en constante cambio. Como buen filósofo, nos deja con una pregunta: ¿cómo podemos equilibrar la seriedad y el juego en la vida sin reducirla a un simple entretenimiento?

Este es un libro lírico y profundamente personal, que captura con detalles vívidos la vida contemporánea en Islandia. Ólafur escribe con una mirada entre trágica y nostálgica que me recuerda a la del ángel de la historia de Walter Benjamin. En su interpretación, el ángel contempla el pasado con asombro mientras es empujado hacia adelante por el viento del progreso. De manera similar, Ólafur observa el mundo moderno con una mezcla de admiración y melancolía, resaltando tanto las maravillas como las contradicciones de nuestra era.

Antonio Casado da Rocha


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